José Hernández Navarro

José Hernández Navarro


Extracto de “El escultor José Antonio Hernández Navarro”, por D. Francisco Zaragoza Braem, basado en la tesis de licenciatura de 2003 realizada por D.José David Alpañes Serrano titulada “El escultor José Antonio Hernández Navarro: una aproximación a la obra realizada para las cofradías de Murcia”

Datos biográficos:

José Antonio Hernández Navarro nace el 4 de Diciembre de 1954 en el Rincón de Almodovar, perteneciente a la pedanía murciana de Los Ramos y es el mayor de cuatro hermanos.

Desde su infancia se ha sentido atraído por el dibujo y el modelado, inquietudes que se afianzaron durante el bachillerato en el que frecuentó los estudios de la escultora Elisa Seiquer y del gran imaginero José Sánchez Lozano. En 1969 y con quince años empieza a trabajar de modelista con el artesano belenista Pedro Serrano Moñino. Allí permanece hasta los dieciocho años en que pasa al nuevo taller belenista montado por los hermanos Manuel y Juan Antonio Griñán en Puente Tocinos en el año 1972. Para dicho taller creará modelos totalmente nuevos de nacimientos y figuras de belén.

En 1982 realiza el paso de la Coronación de Espinas, comienza a desarrollar su vocación escultórica que compartirá con su trabajo de modelista hasta 1986, en que ya opta por dedicarse en exclusiva al oficio de escultor. Instala su taller en la parte superior de su vivienda de donde saldrá una vasta producción que le permitirá en 1997 cambiar de domicilio y taller, construyendo una preciosa casa en la Vereda del Chocolate en la misma pedanía de los Ramos.

De su buen hacer habla sobradamente el gran número de obras realizadas hasta el presente año, que alcanza la cifra aproximada de más de 130 imágenes y conjuntos.

Estilo:

Analizando la obra realizada es fácil apreciar una constante evolución que todavía no ha concluido, y que podemos situar en tres etapas, definidas principalmente por la intrducción de innovaciones técnicas, métodos de trabajo, y un cambio evidente en la estética de sus obras.

1972-1985 Etapa de juventud

Fiel a la tradición barroca en la que se haya insertada la imaginería murciana, su etapa inicial reproduce tipos y formas salcillescas, siguiendo una escuela que ya tiene más de 250 años. A ella dedica sus siete u ocho primeras obras, así como numerosos modelos belenísticos . La primera en 1972 La Virgen de la Huerta. Once años habrá de esperar la segunda y su primer paso “La Coronación de Espinas”, le seguirán Nuestra Señora del Rosario, Santa María Magdalena, Nuestra Señora del Azahar, San Marcos, El Ángel de la Cruz Gloriosa, apreciándose en todos grandes similitudes tipológicas con las imágenes de Salzillo: vestuarios, gestos, actitudes, policromías.

Los pasos responden a una composición teatral que sabe lIegarle al espectador, transformado el dinamismo y dramatismo de las obras en elegancia y armonía compositiva: La Entrada de Jesús Triunfante, Jesús en Casa de Lázaro y la Aparición de Jesús a Santo Tomás permitirá comenzar a introducir un tipo iconográfico que le identificará como propio. En los grupos Cristo ocupa habitualmente el centro de la composición, siendo el foco de las miradas del público y del resto de las imágenes que lo acompañan. En ocasiones Hernández Navarro hace que Jesús o algunos de los personajes lance la mirada hacia el espectador. Se trata de un recurso que lo utiliza para reclamar la atención de los presentes sobre la escena.

Las imágenes son concebidas serenas y bellas. Sus gestos, actitudes y dulzura de rasgos son para él el modo de reflejar la virtud y la bondad de los personajes representados. Presta una atención especial a la anatomía humana donde alcanza la belleza formal. En cuanto a las vestiduras presentan pliegues redondeados pero pegados al cuerpo dejando adivinar bajo ellos la anatomía de las imágenes.

1986-1989. Etapa de transición entrela tradición y la renovación.

El paulatino rechazo de las técnicas y métodos salzillescos va a llevar acarreado un cambio gradual de estilo. El abandono de postizos y enlienzados, el uso de policromía de acabado mate, así como la menor utilización de los motivos dorados en el estofado, son aspectos que van a influir considerablemente en la apariencia final de las obras.

Se inclina por imágenes totalmente talladas pero satisface las demandas de obras para vestir, debido a las exigencias de los comitentes en unos casos y en otras por escasez presupuestaria. Tal es el caso del Cristo de la Oración en el Huerto y la Virgen de la Soledad para Archena, Jesús Triunfante y Jesús del Madero y la Verónica para Callosa de Segura y un Nazareno para Blanca.

Una de las facetas donde se puede apreciar con mayor claridad el carácter de transición de este momento es en el modo de definir la anatomía masculina, evolucionando en muy poco tiempo desde cuerpos de musculatura abultada y detallada a otros con morfología más plana y somera. Cuatro obras lo ejemplifican: El Cristo de las Penas de 1986 para la Cofradía de Los Coloraos de Murcia en que los tres personajes presentan anatomías poderosas y abultadas. El Crucificado de la Ermita de la Huerta en que ya no hay exceso de musculatura. El Ascendimiento realizado en 1988 para la Cofradía del Perdón de Murcia en donde los sayones son de anatomía poderosa pero bella y por último el Cristo Resucitado de Beniel en 1989 en que Hernández está más preocupado por el efecto general que por el detalle, siendo este el camino que va a mantener hasta la actualidad.

En su estilo se aprecia la incorporación en sus creaciones de elementos renovadores: cuatro clavos, palo trasversal, tratamiento de telas con el golpe de gubia, policromías mates, etc.

1990- 2004. Etapa de madurez. La definición de un estilo.

Al entrar en la década de los noventa Hernández Navarro tiene plenamente definido su estilo y pese a las variaciones lógicas, hay unas características comunes. Cristo ya responde a un canon esbelto, cabello lacio, mechones expresivos, nariz de perfil recto, mejillas rehundidas y pómulos salientes, barba alargada, paño de pureza cordelífero, mayor corpulencia en pos de la grandiosidad de las imágenes, cabezas más vigorosas y aumento de rasgos dramáticos que favorecen la intensidad espiritual, aunque sin caer nunca en aspavientos ni gestos exagerados

En cuanto a las vírgenes en el año 2000 cambia su criterio de una Virgen joven y dulce hacia una mujer más madura como Nuestra Señora de la Amargura realizada para Valladolid, en que la concibe con edad más avanzada, arrugas surcándole el rostro, mejilla rehundida, mandíbula y pómulos marcados que potencian el dramatismo y la intensidad espiritual de la obra.

En su diversa producción se ha propuesto no repetir patrones iconográficos, viniendo a repetirse debido al empeño de los comitentes.

Conforme avanza en su carrera artística, Hernández va demostrando su dominio de la escultura y su conocimiento de las propiedades de la madera. Detalles de su virtuosismo son la talla directa de la corona de espinas sobre la cabeza de Cristo que realizó en el Cristo Despojado para Valladolid, alcanzando mayores cotas de habilidad en los que entremezcla mechones de pelo entre las ramas de espinas, como en el Cristo de la Sed de Cieza y el Cristo del Gran Amor, crucificado para la Parroquia de Los Ramos. Rotos a la altura de la rodilla en las túnicas de los Cristos del Auxilio a Nuestro Señor de Cuenca, El Encuentro de Jesús con la Virgen de Cieza y las espinas de la corona que atraviesan el paño de pureza, cuando la Virgen de la Soledad del Consuelo de Cartagena porta estos símbolos en su regazo. Por otra parte también destaca, en la Coronación de Espinas de Hellín, el rehundimiento de la carne del brazo de Cristo, provocado por la presión que desarrolla el soldado romano al cogerle.

Pero la demostración más evidente de su maestría la va a desarrollar en el Descendimiento de Murcia. Su propósito de hacer las figuras íntegras del bloque, provoca que en una obra con tantos recovecos, concavidades, sinuosidades y rehundidos, la dificultad para poder trabajar muchos de los rincones sea máxima. Hecho repetido en una de sus últimas obras el San Miguel para las Torres de Cotillas.

Desde hace unos años, la incorporación de ciertas novedades están formando los cimientos de un nuevo periodo estilístico. Canon más esbelto, los miembros se adelgazan y alargan, predominando la verticalidad de la figura. Elementos de desequilibrio de la imagen, situando una cadera acentuada mente más alta. Y sustancial alargamiento del rostro, cuyo principal ejemplo es el paso de La Coronación de Espinas de Hellín, confirmado en el Encuentro de Cieza y la Ascensión de Murcia. Por lo que respecta a la representación femenina fundamentalmente dos obras anuncian la nueva etapa: la Dolorosa de Valladolid y la Verónica de Murcia, de canon esbelto y formas cerradas.

Con el paso de los años Hernández ha sabido imbuir a sus imágenes de una mayor espiritualidad e intensidad emotiva, sin caer en gestos desgarrados. En definitiva el arte de Hernández es el mejor reflejo de su personalidad sencilla, de su vida tranquila orientada al hogar y al trabajo, de su entorno afable y cercano y de su sincera religiosidad.

Su modo de vida está orientado a su familia y su trabajo, sin que tenga a penas momentos para dedicarse a otros menesteres. Y su agenda de trabajo está bastante completa para los próximos años, lo que sigue augurando un futuro prometedor para el que ya se ha consagrado como gran maestro de la escultura e imaginería del Levante Español.